Enero 2008 - Año 1 - No. 1
Revista de Gestión Institucional - Versión Digital

 


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Rol del Gestor Público Moderno

Quiero agradecer, en primer término, el inmerecido honor que se me ha conferido en elegirme para dar estas palabras finales; distinción que estoy seguro sólo se debe a mis venerables canas. Quiero también pedir disculpas porque mi actual circunstancia me ha impedido preparar con tiempo algunas refl exiones auténticamente novedosas, ocurrentes y divertidas, como hubiera sido mi deseo. De modo que me habré de auxiliar con ciertas cosas que alguna otra vez he leído, dicho o escrito.

Queridos amigos:
Somos gestores públicos. Y como gestor público estoy seguro que en más de una ocasión algún amigo o pariente les ha preguntado con extrañeza por qué han escogido la administración pública como opción de vida profesional. Por qué no se han dedicado a algo más rentable en el sector privado, si talento no les falta.

Y es que el utilitarismo imperante en nuestra cultura impide a veces reconocer la existencia de cierta clase de personas, cuyas mayores satisfacciones no les vienen dadas predominantemente por la retribución externa, sino por motivos trascendentes como el simple deseo de servir, de sentirse útiles.

Y precisamente la esencia de la “Administración Pública” puede encontrarse en las propias raíces latinas del concepto: “ad ministrare” (servir a) o “ad manus -trahere” (traer a mano, manejar), que también brindan la idea de servicio en la provisión, gestión, manejo o cuidado de asuntos o bienes públicos.

En este sentido, la razón de ser del funcionario es “servir”, servir a la Nación, que es, fundamentalmente, una colectividad humana, por lo que el ejercicio de la función pública se traduce en el servicio a la persona humana para el Bien Común.

No es tarea fácil ni siempre comprendida: El funcionario está expuesto a mil presiones, tentaciones y difi cultades. Pero, felizmente, al lado, en su condición de ser humano, está dotado de ciertas potencialidades positivas denominadas “virtudes humanas”, consistentes en unas disposiciones habituales para hacer el bien, lo contrario del vicio que es el hábito de hacer el mal.

La eficacia de la administración pública no es una mera cuestión de efi ciencia. Se puede ser efi ciente para el bien o para el mal. Es asunto de valores, bienes morales deseables: el “deber ser”de las cosas. El ser humano es el único ente del universo capaz de reconocer valores, y para distinguir entre el bien y el mal cuenta con la razón que conduce a la verdad. Debe, por ello, ilustrarse acerca de las verdades éticas ya que, de lo con trario, causará el mal por simple ignorancia, aun queriendo o creyendo hacer el bien.

Pero no basta con “saber” dónde se encuentra el bien; es también indispensable “querer” el bien y evitar el mal. Ello implica un adecuado uso de la libertad. Así como el ser humano es el único ser con conciencia ética, es igualmente el único ser capaz de elegir entre el bien y el mal, porque está dotado de libertad.

Pero, además del “saber” que procura la razón y del “querer” que provee la libertad, se requiere “estar en forma”. Ello sólo se logra a través de la práctica repetida que hace “hábito”. Una persona que hace de su estilo de vida la práctica del bien se convierte en un “experto” espontáneo, que no requiere del estudio de grandes tratados de moral para resolver cuestiones éticas.

Uno nunca sabe en qué momento deberá sacar a relucir una virtud para hacer el bien en defensa de su propia dignidad o en benefi cio de los demás. Tenemos que hacer de los hábitos buenos una reserva que afl ore natural y espontáneamente en el momento requerido, porque la vida no espera. En cada instante nos presenta retos frente a los cuales tenemos que elegir entre el bien y el mal.

Cuenta una historia que un Comandante de la armada británica fue juzgado por el Consejo de Guerra por haber hundido su barco para evitar que caiga en manos enemigas. Después de seis meses de deliberaciones el tribunal llegó a la conclusión que la acción del comandante había resultado innecesaria, puesto que las investigaciones posteriores determinaron que las fuerzas aliadas estaban lo sufi cientemente cercanas para evitar que la nave fuera tomada por el enemigo. Dictada la sentencia que lo declaraba culpable se le inquirió al condenado si tenía algo que decir. Él respondió: Sí, en efecto, ustedes han llegado a la conclusión acertada, pero han tenido seis meses para decidir cuálera el proceder correcto en tales circunstancias. Y yo sólo conté con unos minutos.

Nuestro Código de Ética de la Función Pública señala como principios y deberes del servidor público aspectos tales como Respeto, Probidad, Efi ciencia, Idoneidad, Veracidad, Lealtad y Obediencia, Justicia, Equidad, Lealtad al Estado de Derecho, Neutralidad, Transparencia, Discreción, Ejercicio Adecuado del Cargo, Uso Adecuado de los Bienes del Estado y Responsabilidad. Pero el logro de tales cometidos éticos reclama la presencia de un conjunto de virtudes previas, básicas para el funcionario.

La primera de todas, la HUMILDAD, que es la condición para alcanzar la verdad, según Santo Tomás. En realidad, la humildad es el reconocimiento de la verdad de nuestra propia falibilidad, que nos permite poner las disposiciones necesarias para el aprendizaje.
El funcionario que es humilde sabe que es un ser de carne y hueso, con debilidades hu-
manas y necesidades insatisfechas que pueden tratar de ser explotadas por los grupos de interés o de poder. Sólo si es consciente de ello será capaz de poner todos los medios necesarios para mantener a raya la tentación.

Pero la humildad llama a la PRUDENCIA, que es madre de la sabiduría, según Aristóteles, porque conduce la razón hacia vivencia efectiva fi rmeza y la constancia en la práctica del bien, aun en medio de las difi cultades, presiones o tentaciones. La adversidad es el pan de cada día en la vida de un funcionario expuesto a toda clase de presiones del poder político, económico y social, capaces de socavar su moral e influir en sus decisiones.

La función pública exige de hombres capaces de vencer el miedo al poder político o económico. Sentir temor es absolutamente natural y sensato. El miedo es el mecanismo de nuestra mente que nos anuncia las situaciones de peligro, permitiéndonos evitar el sufrimiento de un daño. La valentía, entonces, no consiste en no tener miedo, sino en der-
rotarlo haciendo prevalecer nuestros valores.

Finalmente, pero no en último lugar, la JUSTICIA, consistente en dar a cada uno lo que le corresponde. Es la virtud superior de la función pública que requiere de personas con lucidez para saber identifi car, en cada caso, qué le es debido a quién y cuánto de aquello le es debido, pero por sobre todo con el coraje sufi ciente para adoptar decisiones justas.
De estas virtudes básicas se derivan todas las demás, asegurando el éxito del funcionario cabal. Sin aquellas, el diploma que acabamos de recibir no será más que una hoja de cartón. Así que, como dicen nuestros maestros de la madre patria: … “a por ellas” … amigos."

DR. FELIPE ISASI CAYO
Vice Ministro de Minas, Abogado de profesión, con Master en Administración Pública del Instituto Universitario de Investigación ORTEGA y GASSET, Adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. Fue Catedrático de Cultura Política y Derecho Administrativo, autor de artículos, ensayos y libros en materia jurídica, humanística y empresarial tales como “Elementos de Cultura Política”, “Cultura Política y Constitución 1993”, “Instituciones de Derecho Administrativo”, “La Empresa es el Hombre”, entre otras obras. Fue Consultor BID para la reforma de la Seguridad Social en Salud y Presidente del Consejo Directivo y Superintendente de la Superintendencia de Entidades Prestadora de Salud.

 

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